Rodaje de Maspalomas en una playa de Gran Canaria: una claqueta en primer plano y el protagonista, de espaldas, frente a la arena.

Aitor Arregiponer el contador a cero

Rodaje de Maspalomas en Gran Canaria, noviembre de 2024. — Foto: Aitor Arregi
Autor: Ángel Rodríguez Luengo · 02/10/2026 · 11 min de lectura

Aitor Arregi lleva más de dos décadas haciendo películas con Jose Mari Goenaga y Jon Garaño en Moriarti, intercambiando con ellos la escritura, la dirección y la producción. Después de Maspalomas, y mientras Moriarti prepara el rodaje de una serie anunciada por Movistar, hablamos con él sobre autoría, actores, lo que una película enseña a quien la hace, el cinismo y lo que todavía espera encontrar cuando se sienta a ver una.

Después de escuchar a Arregi hablar de más de dos décadas trabajando juntos, aparece una dificultad: reconstruir de quién era originalmente una preocupación cuando una película termina haciéndola de todos. No se trata necesariamente de quién tuvo la idea —en Maspalomas, Arregi deja claro que la llevó Jose Mari Goenaga—, sino de lo que sucede después, durante años de escritura, discusión y trabajo compartido.

Aitor Arregi ha hablado de los personajes de Moriarti como personas que conviven con el miedo, que temen perder el control. Jose Mari Goenaga ha señalado entre sus propias obsesiones el encierro y la imposibilidad de mostrarse. Las dos formulaciones permiten leer de otra manera una filmografía en la que esconderse, o no poder hacerlo, ha adoptado formas muy distintas. Un cuerpo expuesto a la mirada de los demás en Handia. Un hombre encerrado durante décadas en La trinchera infinita. Una identidad inventada que termina atrapando a su propietario en Marco. Un hombre de 76 años que, después de vivir abiertamente su homosexualidad en Gran Canaria, vuelve a una residencia de Donostia y descubre que también se puede regresar a un armario del que se creía haber salido.

Arregi encuentra poca distancia entre las palabras de Goenaga y las suyas.

—Cada uno vive como vive estos temas, pero estamos haciendo la misma película. Son horas de hablar y debatir qué temas tocamos antes de empezar a construirla. Tienes que estar muy de acuerdo con los temas que toca la película; si no, sería un infierno.

Maspalomas nació en parte de sensaciones y experiencias que Goenaga llevó al proyecto, aunque Arregi insiste en que no es una historia basada en la vida del guionista. El encierro, el miedo a mostrarse o el deseo de controlar la imagen que proyectamos estaban allí desde mucho antes. Los encuentra en La trinchera infinita, pero también en Handia, Cristóbal Balenciaga o Marco. Incluso menciona un par de proyectos todavía no realizados en los que esas preocupaciones vuelven a aparecer.

A esas alturas, resulta difícil saber dónde comenzó cada una.

—Sinceramente, no me resulta fácil reconocer lo que pensaba con 23 años. Al final no me acuerdo de lo que pensaba con 23 años. Supongo que cada uno ha traído sus obsesiones y ha hecho de las obsesiones del otro suyas.

Desde fuera puede resultar tentador repartir temas, sensibilidades o decisiones entre los tres. Desde dentro, las fronteras parecen menos claras.

—Puedes saber un poco lo que le puede gustar más a uno o cómo le obsesiona un tema, pero no son obsesiones estancas. Si han tenido éxito y se han plasmado en una película es porque todos los de Moriarti las veíamos interesantes.

«Supongo que cada uno ha traído sus obsesiones y ha hecho de las obsesiones del otro suyas.»

Le planteamos entonces algo más concreto: elegir una decisión de Maspalomas que probablemente no habría tomado si hubiese dirigido la película solo.

Arregi se ríe.

—No te lo voy a decir.

Luego da tres razones, y no son la misma. No le parece pertinente. No se acuerda. Y la tercera:

—Tendría que pensarlo y quizás no me apetece mucho pensarlo porque creo que, al final, estos pensamientos que uno puede hacer no son más que para agrandar el ego. Y agrandar el ego realmente no lleva a nada.

Si algún día hacen una película cada uno por su cuenta, dice, ya se verá.

—Pero tampoco le doy muchas vueltas.

Miedo a repetirse

En Maspalomas existía un problema concreto con Vicente y su hija Nerea. Varias de sus escenas transcurrían durante las visitas a la residencia. Conversaciones, encuentros, un hombre primero en silla de ruedas y después sentado en un banco. La relación debía avanzar, pero el dispositivo corría el riesgo de permanecer inmóvil.

Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga durante el rodaje de Maspalomas.
Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga durante el rodaje de Maspalomas. — Foto: Aitor Arregi

Cuando Arregi habla de cómo afrontaron esas secuencias empieza por dos confianzas. La primera estaba en el texto.

El guion había sido trabajado por Goenaga, mientras Arregi y Garaño iban mostrando su opinión en cada versión. Antes de llegar al rodaje, los tres lo habían discutido y sometido a sucesivas revisiones. La segunda confianza estaba en los intérpretes.

Moriarti ensaya, aunque no demasiado. Hay lecturas de mesa, conversaciones, se escucha a los actores y el texto puede cambiar si alguien siente que una frase no pertenece al personaje.

—Es gente talentosa y gente inteligente.

Pero seguía existiendo un problema de puesta en escena.

—Nuestra preocupación era más cómo hacer que no fueran secuencias que fueran copia una de otra.

Cambiar una localización. Hacer que los personajes caminen. Modificar la situación de una escena respecto a la anterior.

—Siempre estás con ese miedo a repetirte dentro de la película.

Una realidad que desconocías

Preparar una película, dice, obliga a aprender sobre un mundo que no conocías.

—Al final son casi dos años de tu vida, a veces más incluso. Yo creo que aprendes mucho. No te digo que te conviertas en un erudito, pero aprendes mucho sobre el mundo que vas a retratar. Haces un máster o un doctorado. Diría casi un doctorado sobre el mundo que aparecerá en tu película.

«Una de las cosas más bonitas que tiene el cine para mí, tanto hacerlo como verlo, es que se te abre una ventana y descubres una realidad, un mundo que desconocías.»

En Maspalomas ese aprendizaje comenzó prácticamente desde cero. Arregi conocía lo que Goenaga le había contado y lo que había leído en el guion, pero apenas sabía nada del lugar.

Allí descubrió la dimensión de Maspalomas como destino turístico gay, las particularidades de un clima que permite bañarse prácticamente durante todo el año, las dunas y el cruising.

Lo que más le impresionó fue la variedad.

—Ves gente de distinta edad, de un perfil totalmente distinto. Hay una tendencia muy ignorante desde el punto de vista heterosexual de pensar que, por ejemplo, un hombre gay tiene unas características muy concretas y de eso no sale. A poco que pones la atención en tu entorno ves que eso no es así, pero si tú vas a Maspalomas es un abanico inmenso, infinito, de distintos perfiles dentro de lo que es un hombre gay.

A eso se refería cuando dijo a Cineuropa, en septiembre de 2025: «¡Qué simples somos cuando no hemos vivido algo!».

—Me refería más bien a eso: cuanto más te acercas a esa realidad, más te das cuenta de que no sabías nada.

Al preguntarle si durante ese acercamiento había descubierto algún prejuicio propio, Arregi hace una precisión. Admite que todo el mundo los tiene, pero no cree haberse acercado a Maspalomas desde uno concreto. Dice que intentó aproximarse a aquel mundo con una «mirada limpia», porque le parecía lo mejor para la película y porque personalmente le interesaba conocerlo de esa manera.

—Una de las cosas más bonitas que tiene el cine para mí, tanto hacerlo como verlo, es que se te abre una ventana y descubres una realidad, un mundo que desconocías.

Entonces pasa de su experiencia a la del espectador.

Habla de algunas reacciones ante el comienzo de Maspalomas: el cruising, el sexo, la fiesta, un hombre mayor disfrutando de su sexualidad.

—Hay gente que se siente un poco agredida, pero no por lo que está viendo en sí, porque lo que está viendo es sexo, gente pasándoselo bien y un señor mayor teniendo sexo. Le agrede porque su educación sentimental y visual le ha alejado de eso, haciéndole entender que eso no es normal.

La reacción puede ser culpar a quien ha decidido mostrarlo. Considerar que la escena era innecesaria. Preguntarse por qué había que verla.

—Pero es que igual es importante que te pongamos un espejo, que nos pongamos un espejo y veamos un poco lo que somos. No lo que tú dices ser en la calle cuando estás hablando con tus colegas o tomando un vino en un ambiente agradable, sino cómo reaccionas ante esto. En vez de echarle la culpa al que te lo ha puesto, igual tienes que pensar: mira, pues igual pensaba que yo tenía esto de una manera controlada y superada, pero veo que aquí tengo unos temas que todavía tengo que trabajar.

Para llegar hasta ahí, admite, hace falta una disposición al análisis personal que no siempre existe.

—No estamos mayormente dispuestos a hacerlo porque vivimos en la superficie en prácticamente casi todas las cosas que tocamos. Y esa superficie a veces genera no solo juicios injustos, sino también frustraciones inmensas de cada uno.

Los dos cinismos

Arregi dio clases de Comunicación Audiovisual durante once años. Hace seis que dejó de hacerlo. Quienes empiezan ahora llegan con un acceso a películas, entrevistas, escuelas y análisis que su generación no tuvo, y ese conocimiento puede acabar en una forma de cinismo. Le preguntamos si reconoce ese riesgo en sí mismo.

—Sí. Veo ese riesgo en mí, sin ninguna duda.

Por un lado están los creadores que acaban utilizando inevitablemente su propia experiencia. De ahí la abundancia de películas protagonizadas por escritores, guionistas o cineastas.

—Stephen King lo único que hace es escribir sobre escritores. Es normal.

«No todos los seres humanos del mundo son unos auténticos hijos de puta.»

Otra cosa es la película que conoce tan bien las imágenes que la precedieron que siente la necesidad de señalarlo. Una situación que décadas atrás podía representarse directamente aparece ahora acompañada de un comentario, un guiño o una referencia que demuestra que la propia película sabe que aquello ya fue filmado antes.

—Hay un puntito de cinismo que para mí es inofensivo, pero a veces puede empeorar la propuesta fílmica.

Arregi procura mantener las alarmas encendidas para no caer en él. Pero hay otro cinismo que le preocupa bastante más.

—Es el cinismo de verlo todo desde el prisma de la mirada despiadada.

Cree que existe cierta bonificación intelectual para las historias que presentan una visión particularmente negativa o desoladora de la condición humana. Imita el reproche dirigido a quien conserva una mirada más positiva: si ves así el mundo, eres un infantil, alguien que todavía cree en Disney y en Peter Pan.

—Ese es un cinismo que para mí es más peligroso. No comulgo nada con él.

No está reclamando finales felices ni estableciendo cómo deberían ser las películas de los demás. Lo que rechaza es que una visión despiadada del ser humano proporcione por sí misma mayor profundidad.

—No todos los seres humanos del mundo son unos auténticos hijos de puta.

El que quiera hacer ese cine, añade, que lo haga.

—Guay. Pero yo no estoy en esas.

En barbecho

Ahora mismo quien está, en palabras de Arregi, «en barbecho» es él. Esta vez le toca descansar y preparar otras historias para el futuro mientras sus socios dirigen una serie. Eso no significa ausencia de proyectos. Existen fragmentos e ideas que no llegan a desarrollarse porque, al compartirlos, provocan poco entusiasmo. O por una razón más simple:

—No hay ganas. No hay motivación.

Los proyectos que han alcanzado un estado más avanzado siguen vivos. Arregi utiliza una imagen ciclista para describirlos: continúan «haciendo el Tour», compitiendo entre ellos para descubrir cuáles llegan a meta y cuáles terminan retirándose.

No sabe todavía cuál será la siguiente película.

Poner el contador a cero

—Yo creo que le estoy pidiendo al cine lo de siempre. Que me cuente una buena historia. Que me interese, que me haga entender un poquito más este mundo, que me entretenga, que me haga entender un poquito más a mí.

También le permite una conversación imposible: encontrarse con alguien que murió hace cincuenta años y dejó una película hecha en Japón, Estados Unidos o Francia.

—Le pido eso, que es casi nada, joder.

De niño quizá esperaba con mayor intensidad que una película lo maravillase. Algo de aquella expectativa permanece.

—Creo que hay algo dentro de mí que pide que alguna película me maraville.

A estas alturas sigue disfrutando del momento anterior a saber qué va a ocurrir.

—Para mí es un auténtico placer seguir sentándome en una butaca de cine, si puede ser en una butaca de cine, y si no en mi sofá, poner el contador a cero y empezar a ver la película.

Lo coloca entre los grandes placeres de su vida, aunque enseguida puntualiza, riéndose, que existen algunos por encima. Para Arregi, el cine sí tiene un acceso privilegiado a las personas, pero no en exclusiva: las demás disciplinas artísticas también lo tienen. Puede ser una de las artes más completas por la cantidad de disciplinas que reúne, pero de ahí no se sigue que llegue más lejos.

«Le pido eso, que es casi nada, joder.»

Un cuadro puede contener algo que una película no alcanza. También una canción, un libro o una fotografía. Todo depende, dice, de «dónde tienes las antenas puestas».

—El cine es, sin duda, la disciplina artística que más me gusta. Pero es hija de todas. Todas las disciplinas previas al cine son madres y padres del cine. No voy a poner al hijo o a la hija antes que los otros.

Tres discos

Antes de terminar le pedimos tres discos que explicaran algo de él. No necesariamente sus favoritos ni los mejores. Tres títulos que pudieran retratarlo.

—Yo no soy melómano.

Lo dice sin orgullo ni vergüenza. Le habría gustado saber más de música, pero no cree que vaya a cambiar a estas alturas.

Empieza por Itoiz, a quienes sigue escuchando «con verdadera devoción». Después aparece Nick Cave and the Bad Seeds, aunque es incapaz de escoger un disco concreto. También Depeche Mode, a quienes ha visto recientemente en concierto y de cuyo directo salió extasiado.

Y entonces aparecen las bandas sonoras. John Williams. Ennio Morricone.

—Me parecen de otro planeta.