
Laetitia Sadier es cantante, letrista y cofundadora, junto a Tim Gane, de Stereolab, el grupo que pusieron en marcha en Londres en 1990. Durante décadas, mientras Gane ocupaba el centro de la composición musical, ella escribió las letras y cantó unas canciones en las que pop, experimentación y política aprendieron a convivir sin pedir permiso. Stereolab anunció una pausa en 2009, regresó a los escenarios diez años después y en 2025 publicó Instant Holograms on Metal Film, su primer álbum de material nuevo en quince años.
Laetitia Sadier ha tardado más de treinta años en aprender dos cosas aparentemente incompatibles. La primera es que, para crear, hay que perder el control. La segunda es que, si eres una mujer rodeada de hombres, a veces tienes que pelear precisamente para conseguirlo. La contradicción no es teórica. Sadier la conoce bien.
En 2019, conversando con Victoria Legrand, de Beach House, recordó que durante años Tim Gane había querido controlar prácticamente todos los aspectos musicales de Stereolab. Ella disponía de libertad para escribir las letras, pero quería participar también de la música y asegura que tuvo que luchar constantemente para conseguir siquiera estar presente en las mezclas. Aquella frustración acabaría empujándola a crear Monade, un espacio en el que sí podía componer por sí misma.
En aquella misma conversación dijo algo que parecía entrar en conflicto con toda esa historia: cuando uno intenta controlarlo todo, se vuelve aburrido. Para ella, la música empieza a ocurrir precisamente cuando dejamos de forzarla.
Le preguntamos cómo podían convivir ambas cosas. La respuesta establece una distinción que terminará recorriendo toda nuestra conversación.
«Cuando se trata de crear, dice, es mejor responder a lo que aparece y entregarse al flujo de aquello que está siendo convocado. Pero cuando eres una mujer dentro de una banda de hombres, la cuestión cambia. Entonces hay que luchar. Luchar para no ser descartada como un «simple jarrón de flores». Para que te consideren músico. Para existir como agente activo del grupo.»
Sadier no trata de suavizar la frase después. Dice que demasiados hombres siguen considerándose superiores a las mujeres y que las mujeres continúan obligadas a demostrar un valor que a ellos suele presuponérseles. Y termina con una pregunta:
«Mira adónde nos ha llevado el patriarcado. ¿Contentos?»
Quizá el problema nunca fuera exactamente el control. Quizá sea algo bastante más difícil: aprender qué debemos reclamar como nuestro y qué debemos dejar escapar.
Una co-creación
Por eso importa lo ocurrido en Instant Holograms on Metal Film. No solo porque fuera el primer disco nuevo de Stereolab desde Not Music, de 2010. También porque la distribución creativa no fue exactamente la misma que había marcado buena parte de la historia del grupo.
En el nuevo álbum, Sadier hizo arreglos de metales y voces, compuso toda la línea melódica final de «Vermona F Transistor» y participó en la mezcla junto a Tim Gane y Cooper Crain, encargado de la grabación y la ingeniería del disco. Los créditos oficiales presentan, además, casi todo el repertorio como escrito conjuntamente por Sadier y Gane.
Le preguntamos cuál había sido la primera idea musical verdaderamente suya que había conseguido entrar en el disco y sobrevivir al proceso. Sadier enumera esas aportaciones. Y acto seguido desmonta nuestra pregunta. No le encuentra demasiado sentido a separar qué hizo cada uno.
«Tiene más valor por lo que es: una co-creación».
La palabra importa precisamente porque viene después de aquella otra historia. Durante años necesitó un lugar propio para poder hacer música. Ahora parece menos interesada en señalar qué territorio pertenece a quién. No porque la autoría haya dejado de importar. Quizá porque primero tuvo que conquistarla.
«Tiene más valor por lo que es: una co-creación».
Dos, uno
La historia de Monade contiene, además, uno de esos accidentes que parecen diseñados retrospectivamente.
Cuando Sadier necesitó un espacio propio para componer fuera de Stereolab, creó Monade. Años después reparó en una coincidencia que hasta entonces se le había escapado: Stereolab remitía a lo estéreo, a dos; Monade, a la mónada, a uno.
Tardó tres años en reparar en el juego. Le preguntamos qué número sería ahora.
«Me gustaría que fuese una danza armoniosa entre dos polaridades que funcionan como una».
La respuesta sirve para leer el presente de Stereolab, pero también la propia biografía de Sadier. Tenemos tendencia a organizar las carreras de los músicos como quien coloca separadores en un archivador. Stereolab. Monade. Laetitia Sadier. La pausa. El regreso.
Ella había dicho que veía todo su trabajo como un continuo, sin secciones determinadas. Cuando le preguntamos si aquel continuo se había roto alguna vez, introduce una pequeña enmienda:
«Llamémoslo un continuo con secciones».
Probablemente sea una descripción más honesta de una vida que la mayoría de las autobiografías. Continuidad sin linealidad. Persistencia sin inmovilidad. Las versiones anteriores de nosotros mismos no desaparecen cuando empieza una nueva etapa. Se quedan por ahí. A veces molestando. A veces ayudando.
Treinta años encima de una canción
Esto se vuelve especialmente visible cuando Stereolab toca hoy canciones que una parte de su público lleva escuchando tres décadas. El grupo nació en 1990. Algunas de esas canciones llevan tres décadas entrando y saliendo de la vida de la gente, pero no han envejecido del mismo modo que quienes las escuchan.

La grabación sigue ocupando exactamente los mismos minutos. El oyente llega cada vez distinto. Le preguntamos a Sadier si cuando canta hoy una canción antigua ella y quienes están frente al escenario están escuchando realmente lo mismo.
«Es la misma canción con treinta años añadidos».
También ellos son los mismos, explica. Solo que treinta años mayores.
Entonces aparece una frase que contiene buena parte de esta conversación:
«Lo mismo, pero con más sabiduría y pátina».
La pátina no significa exactamente deterioro. Tampoco mejora. Es aquello que el tiempo deposita sobre una superficie precisamente porque esa superficie ha estado aquí. Y Sadier añade algo que impide cerrar demasiado bien la metáfora: en realidad sigue siendo un misterio saber qué escucha cada persona cuando oye una canción.
Es difícil definirlo. Ahí está probablemente lo interesante. Porque en algún momento una canción deja de pertenecer solamente a quien la escribió. Puede terminar convertida en el recuerdo de una habitación en la que su autora jamás estuvo.
«Lo mismo, pero con más sabiduría y pátina».
Para alguien, Stereolab puede seguir siendo 1996. Para Sadier es la misma canción con tres décadas encima. Ambas cosas pueden ser verdad a la vez. Dos polaridades funcionando como una.
Los patines y el matrimonio
Monade tiene otra puerta escondida. Su nombre procede de Cornelius Castoriadis, filósofo, economista y psicoanalista grecofrancés cuya obra sobre autonomía, creación social e instituciones ha acompañado a Sadier durante años. En 2015 lo describía como un pensador muy importante en su «vida de ideas».
El primer álbum de Monade, Socialisme ou Barbarie, compartía además nombre con el grupo político e intelectual que Castoriadis había cofundado décadas antes.
Es justo aquí donde Sadier hace algo que debería ocurrir más a menudo en una entrevista. Nos corrige. Habíamos descrito la mónada como la psique anterior a ser moldeada por la sociedad. Eso, señala, le suena más a Jean-Jacques Rousseau. Para Castoriadis, explica, la mónada es algo indivisible, entero, imposible de fragmentar. Una idea primordial. La corrección es bienvenida.
Pero la pregunta importante venía después. ¿Ha descubierto alguna vez que un deseo que creía suyo en realidad no lo era?
Sí. Muchísimos. «La mayoría».
Y pone dos ejemplos extraordinariamente mundanos: querer unos patines. Y casarse.
De repente Castoriadis acaba compartiendo párrafo con unos rollerblades. Probablemente sea el mejor lugar para él. Porque la ideología rara vez se presenta llamando a nuestra puerta con una carpeta bajo el brazo. A menudo aparece como deseo. Como aspiración. Como algo que sentimos íntimamente nuestro.
Sadier habla de patrones y tradiciones que tomamos prestados. Y añade que el capitalismo posee una habilidad considerable para polarizar, atomizar y dividir. «Divide y vencerás». Normalmente pensamos la ideología como aquello que alguien cree. Quizá su operación más sofisticada consista en convertirse en aquello que alguien quiere.
No hace falta ordenar a una persona que compre algo si conseguimos que experimente la compra como expresión de sí misma. Ni obligarla a reproducir una estructura si logramos convertir esa estructura en aspiración personal. Comprar unos patines. Casarse. Tener éxito. Ser productivo. Ser visible. Ser uno mismo.
Incluso la obligación contemporánea de «ser tú mismo» viene acompañada, sospechosamente a menudo, de unas instrucciones bastante precisas.
El interior también vota
Nada de esto supone un descubrimiento político reciente en Sadier.
Desde los años noventa las letras de Sadier, con Stereolab y fuera de la banda, han hablado de capitalismo, poder, desigualdad y organización social. Lo que ha cambiado con los años es parte del vocabulario. En su álbum en solitario Rooting for Love, publicado en 2024, palabras como amor, miedo, conciencia, sanación y transformación interior ocupan un lugar mucho más visible, pero continúan conectadas con preguntas políticas que vienen de lejos. Y ahí surge un problema.

Amor. Sanación. Trabajo interior.
Son expresiones que han pasado suficientes temporadas en manos de la industria del bienestar como para justificar cierta prevención. Si el problema es estructural, ¿qué ocurre cuando trasladamos la solución al individuo?
Le preguntamos directamente cómo evita que el trabajo interior termine convirtiéndose en otra manera de dejar el mundo intacto. Sadier responde hablando de elecciones.
Los partidos políticos, dice, saben perfectamente que buena parte del voto no procede de un proceso racional limpio. Miedo, heridas, frustraciones y emociones no procesadas pueden movilizarse políticamente.
Para ella, el ascenso del fascismo contemporáneo demuestra hasta qué punto esa materia emocional puede convertirse en herramienta mediante austeridad, propaganda, racismo, sexismo e incitación a la violencia. Por eso considera importante el trabajo interior. No como sustituto de la política. Como uno de los lugares donde la política sucede.
Sanar heridas y traumas, sostiene, puede evitar que repitamos comportamientos tóxicos heredados. Una persona que se conoce y acepta tendría menos facilidad para adherirse a narrativas construidas alrededor del odio y la división. Y entonces aparece Lucio Battisti, el cantautor italiano.
Si uno consigue conocerse, aceptarse y quererse aunque sea un poco —«como sugería Lucio Battisti»— quizá pueda extender algo de ese afecto hacia los demás. La idea admite objeciones. Una persona perfectamente consciente de sí misma puede continuar teniendo opiniones políticas espantosas. Y ninguna cantidad de introspección sustituye una política de vivienda, una legislación laboral o una redistribución económica.
Pero la pregunta de Sadier permanece:
¿qué hacemos con el hecho de que la política también funciona dentro de nosotros?
No llegamos a una urna convertidos en hojas de cálculo. Llegamos con miedo, resentimiento, deseo de pertenencia y memoria. Y alguien siempre está dispuesto a trabajar con ese material. El interior también vota.
Fuera de su control
En abril de 2025, «Aerial Troubles» presentó oficialmente el primer disco nuevo de Stereolab en quince años. Era la primera música de aquella nueva etapa que llegaba al público acompañada de un vídeo, dirigido por Laurent Askienazy. Las imágenes provocaron inmediatamente preguntas sobre el uso de inteligencia artificial.
Meses después le planteamos a Sadier una cuestión que parecía encajar con algo que había dicho años atrás: que los artistas son poco más que facilitadores inspirados, que la música atraviesa a quien la hace y, en último término, ni siquiera nos pertenece completamente.
Si un artista es un canal, preguntamos, ¿puede una máquina formar parte también de ese canal? Sadier comienza su respuesta con una frase que no esperábamos.
«Pido disculpas por este vídeo».
No conoce personalmente a quien lo realizó, explica. Fue idea de Tim contactar con aquel artista y todo ocurrió (la exclamación es suya) «fuera de mi control(!)».
La expresión parece haber esperado todo el artículo para aparecer. Otra vez el control. Pero ahora ya sabemos que no siempre significa lo mismo. Una cosa es renunciar voluntariamente a él para que una creación pueda respirar. Otra es descubrir que algo asociado públicamente a tu obra ha sido decidido sin ti.
«Pido disculpas por este vídeo».
Sadier dice que aquello fue una lección. En ese momento, reconoce, no eran plenamente conscientes de las implicaciones de la inteligencia artificial. Ahora cree que lo que está en juego resulta mucho más visible. Su crítica no empieza por si una imagen generada por una máquina puede ser bonita. Empieza por el dinero. Por una industria sostenida por los mercados financieros y por unas pocas compañías compitiendo por sustituir mediante tecnología el mayor número posible de puestos de trabajo.
No es especialmente diplomática respecto a quienes poseen esas herramientas. Una inteligencia artificial puede ser muy lista, dice, pero no tiene corazón. Ni alma. Ni conciencia. Y la programan personas que sí tienen intereses.
Aun así, su respuesta no es un rechazo indiscriminado. Reconoce aplicaciones valiosas en medicina, ingeniería y otros ámbitos. La cuestión, entonces, deja de ser simplemente si una máquina puede hacer algo. Empieza a ser por qué queremos que lo haga. Y quién gana poder cuando empieza a hacerlo.
La historia tecnológica está llena de máquinas diseñadas para ahorrarnos trabajo. Nuestro momento añade una pequeña perversión: hemos comenzado a hablar de ahorrar trabajo como si también quisiéramos ahorrarnos al trabajador.

Un momento en Zamora
En 2012, durante la pausa de Stereolab, Sadier publicó Silencio, su segundo álbum bajo su propio nombre. Parte de aquella obra había nacido de una experiencia en una iglesia de Zamora.
Silencio real. O, mejor dicho, lo suficientemente real como para empezar a descubrir todos los sonidos que normalmente quedan sepultados debajo del ruido. Le preguntamos si había vuelto a encontrar algo parecido.
A veces. No habla necesariamente de iglesias. Habla de momentos de quietud. Cuando aparece uno, intenta permanecer dentro de él tan profundamente como puede. Nunca dura mucho. Pero durante unos instantes sucede algo extraño: el tiempo se detiene. Sadier siente que ahí puede producirse una forma profunda de sanación.
Después de hablar de propaganda, deseos prestados, máquinas, mercados y control, acabamos en unos segundos durante los que aparentemente no ocurre nada. Tal vez no sea un lugar tan secundario como parece. Nuestra época dispone de un número extraordinario de sistemas dedicados a impedir precisamente eso. Que no ocurra nada. Que nadie mire por una ventana. Que una espera permanezca vacía. Que la mente no reciba inmediatamente algo que hacer.
El silencio se ha convertido casi en una anomalía. Sadier intenta quedarse dentro mientras dura.
La perfección es aburrida
Antes de terminar le preguntamos si todavía le resulta fácil cambiar de opinión.
«Espero que sí».
Añade que hoy resulta muy difícil estar completamente seguro de casi nada. Después queda una última cuestión. En una época en la que prácticamente todo puede corregirse, rehacerse o regenerarse indefinidamente, ¿tenemos que proteger deliberadamente la imperfección? Sadier cree que la capacidad tecnológica para hacer que todo parezca «perfecto» quizá termine obligándonos a reconsiderar qué significa realmente esa palabra.
En el mejor de los casos, dice, podría incluso conseguir que aceptásemos y protegiésemos mejor nuestra condición humana. Y termina con cuatro palabras:
«¡La perfección es aburrida!»
Hay algo tentador en convertirlas en una consigna. Probablemente funcionen mejor como advertencia. Porque una parte considerable de nuestra cultura lleva décadas intentando eliminar fricciones. Errores en una fotografía. Desviaciones en una voz. Silencios incómodos. Esperas. Dudas. Ambigüedades. Marcas del tiempo.
Ahora empiezan a existir herramientas capaces de hacerlo con una eficacia que hasta hace poco parecía imposible. Quizá entonces descubramos qué parte de aquello que llamábamos defecto contenía precisamente la prueba de que alguien había estado allí.
«¡La perfección es aburrida!»
Durante nuestra conversación, Sadier reivindica cosas aparentemente contradictorias. Autoría y entrega. Unidad y polaridad. Continuidad y secciones. Trabajo interior y transformación política. Control e imperfección.
Tal vez no sean contradicciones. Estamos hechos de cosas que elegimos y de otras que llegaron antes. Ideas heredadas. Deseos prestados. Canciones que otras personas transformaron en recuerdos propios. Heridas que no comenzaron con nosotros. Tecnologías cuyas consecuencias comprendemos después de haberlas utilizado.
Nada nos pertenece completamente. Y, sin embargo, hay momentos en los que resulta necesario levantarse y decir: esto sí. Esta voz. Este espacio. Esta decisión. Aquí quiero estar.
Tal vez hacerse mayor consista menos en descubrir definitivamente quién eres que en aprender a distinguir ambas cosas. Lo que debes reclamar. Y lo que debes dejar pasar a través de ti.
Treinta años después, Sadier sigue siendo la misma. Solo que con más sabiduría y pátina. Por suerte.
Tres discos antes de irse
Antes de terminar hacemos lo que hacemos siempre en Gente Razonable: pedir tres discos.
Laetitia Sadier escoge Ultraviolet, de Manuela; Play Me, de Kim Gordon; y Cut & Rewind, de Say She She.
Después de una conversación dedicada en buena medida a averiguar qué cosas son nuestras y cuáles dejan de pertenecernos, probablemente no haga falta pedirles a esos tres discos que demuestren nada.
Basta con dejarlos sonar.


