
Nando Cruz lleva casi cuarenta años escribiendo sobre música. Firmó Pequeño circo, la historia oral del indie español, y hoy colabora en elDiario.es. Cuatro décadas deberían bastar para construir lo que en este oficio se llama criterio: un archivo propio de comparaciones, entusiasmos y descartes que permite decidir, casi automáticamente, a qué prestar atención.
Le preguntamos por la mejor decisión de su carrera. No mencionó un disco bien defendido a tiempo ni una escena que supo ver antes que nadie. Mencionó un método: durante años, en una sección semanal que se inventó, empezó a decidir sobre qué escribir de una manera que casi nadie en su oficio practica.
Que lo cuente él.
Durante seis o siete años tuve una sección en El Periódico de Catalunya que se llamó «Otros Escenarios Posibles» en la que puse en práctica unos hábitos muy inusuales en el periodismo musical. En primer lugar, cada semana iba a un lugar distinto; un espacio que nunca antes había visitado. Por otro lado, y como consecuencia, empecé a escoger los conciertos a los que iba y de los que luego escribiría en función del lugar y no del artista. Eso supuso un cambio radical en mi forma de ejercer el periodismo porque me obligó a aparcar mis gustos musicales, mis filias e incluso mis fobias, y dejarme llevar. Obviamente, si iba a un lugar donde nunca había estado intentaba que coincidiese con un tipo de actuación interesante. Pero, una vez más, el factor «interesante» lo marcaba el hecho de que fuese desconocido y sorprendente. De algún modo, sustituí mi gusto particular por otro factor que considero especialmente importante cuando te dedicas a esto del periodismo: la curiosidad. Por lo tanto, si descubría un lugar que jamás había visitado antes donde actuaba un artista que no había escuchado jamás y de un género que sentía ajeno, ya tenía tres razones para ir. ¿Por qué? Porque todos estos condicionantes me garantizaban una velada llena de sorpresas. Tendría mucho que aprender y muchas cosas que explicar en el artículo. Y eso es lo mejor que le puede pasar a un periodista que lleva más de dos décadas yendo a los mismos sitios y viendo el mismo tipo de conciertos.
Nada de esto quiere decir que haya dejado de ir a conciertos guiado por mi gusto y mis aficiones. Pero no suelo escribir sobre estos.
Y debo decir que dejar de utilizar el gusto como herramienta principal ha sido, para mí, la mejor decisión de mi carrera como periodista musical. El gusto o, lo que algunos llaman criterio, es una cárcel y un enemigo de la curiosidad.
Ya que estamos, añadiría que esta manera de reenfocar mi oficio me permitió liberarme de un segundo corsé. Si el primero fue mi gusto personal, el segundo ha sido escribir para expertos en música. Escribir para lectores que saben mucho de música te permite utilizar tecnicismos y manejarte con un lenguaje lleno de sobreentendidos, pero también te arrincona en un intentar demostrar continuamente que tú eres quien sabe más y quien merece estar escribiendo ese artículo. Quieres demostrárselo al lector, a tus colegas de publicación, al director de tu medio, a los medios de la competencia, al resto del gremio… Y esta continua exhibición de conocimientos a menudo convierte los textos en un espejo deformado de lo que quieres ser como periodista, cuando, en realidad, tú nunca deberías aparecer reflejado en ese artículo. Ah, y por supuesto, acabas escribiendo para un coto de lectores cada vez más reducido, porque los que no entienden tus tecnicismos o no comparten tus opiniones se van descolgando.
En aquellos artículos de los «Otros Escenarios Posibles» quería escribir para todo tipo de lector. Incluso para lectores no especialmente interesados en la música. Sé que para cierto tipo de periodista eso es bajar a segunda división. Para mí ha sido todo lo contrario. Y añado que han sido los años más felices de mi carrera: he disfrutado como nunca, he aprendido más que nunca y me he reencontrado con el placer de escuchar música, un entusiasmo que empezaba a resecarse.
Aparcar el gusto no fue una decisión en el vacío. Cruz empezó a escribir sobre música a finales de los 80. Es cuatro años más joven que Fernando Alfaro, uno de los músicos que en Pequeño circo —su historia oral del indie español— recuerda una época hoy casi inconcebible: la de imaginar cómo sonaba un disco antes de poder escucharlo, con solo una crítica de por medio.
Aunque solo tengo cuatro años menos que Alfaro, esa diferencia de edad es un poco abismo en la manera de acceder a la música en los años 80. Cuando yo empecé a interesarme por la música difícil de encontrar, las emisoras de radio ya tenían acceso a esos discos y los pinchaban, de modo que mi primer contacto con algunos grupos eran tanto las revistas como los programas especializados del dial donde ya podía hacerme una idea de cómo sonaba esa música.
Sí recuerdo escuchar canciones sueltas en la radio y tener que imaginar cómo sonaba el resto del disco. Y esa duda no la podría resolver hasta que tuviese el disco entre las manos y lo escuchase entero porque nadie pinchaba un disco entero en la radio.
Recuerdo ese comentario de Alfaro y sentir cierta envidia absurda y sana por haber tenido que imaginar cómo sonaban determinados discos en función de las palabras. Eso tenía que ser fascinante. Un ejercicio mental extraordinario. Y un reto añadido para el periodista. Yo, como periodista, ya no sentí ese vértigo de tener que describir algo que los lectores tardarían en escuchar.
Esa distancia, de todos modos, todavía existía.
El espacio de semanas al que se refería Alfaro se convirtió en un espacio de días cuando yo empecé a dedicarme al periodismo musical. Leías la crítica de un disco y si te convencía lo que decía, solo tenías que ir a la tienda a por el disco. Algunas tiendas recibían el sumario de críticas de disco días antes de que la revista llegase al quiosco y podían hacer los pedidos por anticipado para que cuando llegase la clientela a preguntar por esos discos recomendados ya estuviesen en las cubetas.
Con la llegada de internet y la digitalización de la música, el melómano ya puede leer sobre un disco y escuchar ese disco a la vez. Y desde el mismo dispositivo: el ordenador. El tiempo de espera se ha reducido a cero. Ni siquiera un minuto, porque el melómano puede escuchar el disco antes incluso de leer cualquier crítica, reseña o comentario.
Ese cambio implica muchas cosas. Por un lado, esa crítica descriptiva deja de tener sentido porque esa información sonora ya está disponible. Por otro, los críticos entran en una carrera por ser los primeros en opinar; un hecho que afecta negativamente al nivel literario e informativo de unas críticas que cada vez se escriben más rápido y con opiniones menos digeridas.
Pero, más crucial que todo esto, que al fin y al cabo son efectos que solo afectan a la profesión periodística, se produce un cambio que afecta también a la escucha. El melómano pasa de ser un buscador de tesoros que disfruta cada hallazgo a ser un gestor de montañas de archivos sonoros, un consumidor insaciable de discos que tampoco puede o quiere dedicar demasiado tiempo a profundizar en un solo disco.
La industria musical fomenta esta idea de que tenemos toda la música al alcance y sería absurdo no aprovechar esta oportunidad. De un tiempo a esta parte, nos comportamos como niños en una tienda de golosinas donde todo es gratis. ¿Quién no se lo zamparía todo? Eso ha afectado no solo nuestra forma de escuchar sino incluso la forma de componer.
Hace unos años leí una entrevista en la que Patti Smith se preguntaba algo así como: ¿qué es más enriquecedor, leer 50 libros o leer un libro 50 veces? La respuesta tonta es: depende de qué libro. Pero es una pregunta muy interesante.
También cambió el oficio.
Creo que la crítica musical está desapareciendo de los medios de comunicación tradicionales. No solo de cabeceras de periódico, sino de revistas especializadas que acaban cerrando. Y las que sobreviven, aunque hagan periodismo musical, han tenido que diluir su mirada crítica para no perder ingresos publicitarios.
Pero mantengo que se escriben muy buenos textos, analíticos y documentados, fuera de esos medios. El periodismo musical se ha convertido en una suerte de guerra de guerrillas donde la independencia y la profundidad solo está garantizada si eres dueño absoluto de tu espacio de expresión; sea un substack, un wordpress, un perfil de instagram o de twitter.
Leo artículos escritos por veinteañeros infinitamente más elaborados, incisivos, profundos y valientes que los que leía (o escribía) cuando yo era veinteañero. Hay un mayor acceso a la información para elaborar esos textos, la gente está mucho mejor preparada que antaño y detecto también mayor espíritu crítico. El problema es que en paralelo ha ido desapareciendo la posibilidad de vivir de escribir sobre música y que mucha de esta gente que escribe artículos interesantes lo dejará en tres o cinco años porque tendrá que encontrar un sustento económico. Y ese sustento ya tampoco te lo da conseguir que te publiquen tres artículos al mes en un medio que paga más o menos bien. Como en tantos otros trabajos creativos, podemos estar viviendo una época muy interesante en cuanto a producción de contenidos, pero la peor época posible en lo que respecta a ganarse la vida. Y eso siempre es pan para hoy y hambre para mañana. Un espejismo que durará lo que dure la vocación de esos periodistas.
Le preguntamos si el algoritmo que recomienda canciones en Spotify y los criterios con que se programan los macrofestivales respondían, en el fondo, a la misma lógica.
Son vasos comunicantes en el sentido de que algunos festivales se programan atendiendo a las cifras de reproducciones que presenta Spotify. Pero, desde mi punto de vista, macrofestivales y plataformas de streaming son también dos caras de una misma moneda con las que la industria de la música persigue la máxima rentabilidad. Por un lado, el streaming nos tiene a todos escuchando la misma música grabada, pero cada uno en su casa pagando su suscripción individual; millones de suscripciones individuales. Por otro, cuando se trata de escuchar música en directo nos hacinan en grandísimos recintos de modo que el coste de las giras se reduzca al máximo: un macroconcierto o un macrofestival genera más beneficios que una gira de 50 conciertos.
Y en ambos casos, la calidad de la escucha ha empeorado. El audio del streaming es nefasto y el sonido en estos macroeventos musicales, ni te cuento.
Pero en esas estamos: somos consumidores en manos de grandes corporaciones que han convertido la industria musical en una máquina de generar beneficios a costa del placer de quienes queremos escuchar música grabada o en vivo.

De la industria otra vez a la escucha. Le preguntamos si alguna vez un algoritmo le había sorprendido de verdad.
Tengo a las plataformas de streaming un poco despistadas porque solo las uso para buscar canciones. Y sobre todo busco canciones de artistas de los estilos más diversos que están de paso por Barcelona (hago un programa de radio que habla de espacios que programan actuaciones al margen del circuito oficial; fiestas populares, garitos de barrio, okupas, centros cívicos…) y, claro, el algoritmo no tiene a qué agarrarse.
Andrés Perruca, batería de El Niño Gusano, tiene una frase memorable en su libro Vida de un pollo blanquecino de piel fina. «La radio es, sobre todo, para escuchar a personas hablar. Para descubrir discos ya están los amigos». Pienso lo mismo de las plataformas de streaming y de los medios de comunicación. En todos estos canales, las recomendaciones están guiadas por intereses. Es mucho más fiable la recomendación de un amigo. Yo, al menos, me fío más de esas.
Ese mismo método —ir a los sitios antes que a los nombres— es el que le ha dejado ver crecer escenas enteras desde dentro.
La escena que he visto crecer desde más cerca ha sido el indie español de los años 90. Vi a Los Planetas en el concurso de maquetas de Rockdelux (que no ganaron) y desde entonces los he visto actuar en fiestas del Partido Comunista a plena luz del día y como cabezas de cartel en la mayoría de festivales del país. También he visto crecer la escena independiente catalana de los 2000, la que se curtió en el bar Heliogàbal (aforo legal: 36 personas) y han acabado llenando salas y teatros de gran aforo. Me refiero a Manel y Mishima, pero también Joe Crepúsculo, The New Raemon, Mujeres…
No todos sus rechazos, admite, resistieron el paso del tiempo.
Muchísimos. El caso más extremo sería Juan Luis Guerra. Extremo, no tanto porque no me gustase o no lo entendiese, sino porque jamás le presté atención en su época de esplendor. En esa época, por estas cosas del gusto y el criterio, la bachata estaba en las antípodas de mis coordenadas como periodista centrado en la música indie o alternativa de guitarras anglosajonas. Hoy es uno de mis artistas favoritos. Atesora un cancionero superlativo, es un arreglista extraordinario y sus directos siguen siendo una gozada.
Debo decir que me encanta cambiar de opinión. Detesto profundamente esa actitud de «yo ya pensaba así hace 20 años; yo ya lo decía; yo no he cambiado de opinión ni de chaqueta». Eso del criterio inamovible es una medalla de latón. Que te lo pongan en la lápida, si quieres. A mí no me interesa.
Tu relación con la música evoluciona con la edad, igual que tus preferencias con la comida, con la forma de vestir… Lo natural es cambiar, no mantenerse estático. Tener un gusto estático es propio de personas que necesitan definirse a partir de sus gustos musicales. Yo ya superé esa fase. No utilizo la música para definirme como persona. La utilizo para disfrutar, para entenderme a mí mismo y para estar en el mundo. Si tuviese que escoger un estilo que me apasiona hoy diría la música ligera italiana. Me gusta toda: desde los años 50 hasta la más actual. Ya ves.
Antes de terminar, le propusimos un último escenario: imaginar que el algoritmo, algún día, deja de equivocarse.
Las recomendaciones de Spotify son un mecanismo de inducción al consumo. El periodismo musical es o debería ser una conversación. Lo que busco en el periodismo musical es un diálogo (del periodista con la obra) que precipite a su vez otro diálogo (del lector con la obra o incluso del lector con lo que ha escrito el periodista). Busco y encuentro en algunas críticas musicales puertas para adentrarme en obras que no comprendo del todo. Para mí un periodista musical es alguien que me toma de la mano y me acerca a algo, me acompaña durante la primera parte del trayecto y me suelta para que yo ande a mi ritmo el resto del trayecto. Una recomendación de una plataforma de streaming simplemente es una señal en el camino, un empujón. ¡Escucha esto! Para mí eso no es suficiente y, por supuesto, no es periodismo. No digo que no sea útil, pero solo es útil para aquellos que entienden la cultura como un objeto de consumo y no como una forma de comunicarnos, de relacionarnos, de reconocernos, de entendernos.