Retrato de Yves Bigot, de pelo y barba canosos, con americana oscura y camisa blanca, sonriendo ante un fondo negro.

Yves BigotEl criterio bajo presión

Foto: Yves Bigot
Autor: Ángel Rodríguez Luengo · 16/10/2026 · 9 min de lectura

A las 9:04

Muchas mañanas, a las 9:04, Yves Bigot recogía sus cosas. La audiencia de la noche anterior había sido mala y estaba convencido de que iban a despedirlo. No fue una vez. «Si vous saviez le nombre de matins…»: si supiera usted cuántas mañanas.

Había pasado décadas alrededor de la música y los medios: escribiendo sobre discos, programando canciones, trabajando en compañías discográficas, radio y televisión. Había aprendido a reconocer un artista, a defender un programa, a tomar decisiones destinadas a públicos muy distintos. Aun así, algunas mañanas toda esa experiencia acababa enfrentada a una curva.

Las cifras llegaban a la dirección de estudios. Se examinaba la audiencia del programa, la de sus competidores, el comportamiento de los distintos grupos de edad, de hombres y mujeres. Después empezaban las interpretaciones.

Y las interpretaciones tenían propietarios.

La régie publicitaria (quienes vendían la publicidad de la cadena) tenía opinión, como todos. Pero no se la daba a él. Se la daba a su superior, «pour qu'il en tire les conséquences», para que actuara en consecuencia. A partir de ahí intervenían las convicciones, la confianza, la política interna de la empresa, la prensa y, en el audiovisual público, también el mundo político.

«Las cifras siempre son interesantes y deben formar parte de cualquier reflexión», dice Bigot. «¡Se vuelven decisivas cuando son malas!»

Mucho antes de que una plataforma pudiera registrar cada canción que escuchamos, cuánto tardamos en abandonarla o qué ponemos después, la cultura ya había aprendido a mirarse en los números. Y quienes decidían qué debía llegar al público sabían que esos números podían terminar decidiendo también sobre ellos.

Bigot tardó en comprender hasta qué punto.

Ilustración en blanco y negro con trama de semitonos: una familia de espaldas, con dos adultos y dos niños, sentada en un sofá ante un televisor en cuya pantalla aparece el rostro de una mujer.
Radio Muerte

J'étais naïf

J'étais naïf: era ingenuo.

Bigot no ignoraba que una discográfica fuera una empresa ni pensaba que quienes trabajaban en ella fueran filántropos. Lo que le sorprendió al pasar de la crítica y el periodismo musical al otro lado fue el peso concreto del factor financiero y, especialmente, la relación de los propios artistas con sus ingresos, que a menudo contaba para ellos tanto como su expresión artística. Algo que, admite, es legítimo, y que orientaba muchas más decisiones de las que había imaginado.

Con los programadores le ocurrió algo parecido. Durante mucho tiempo, dice, tuvo «l'incroyable chance» de estar protegido de esa presión. Después entendió la «dictature de l'audience», que obliga a ser eficaz antes que nada, so pena de perder el puesto.

Las 9:04 llegaron después, pero el asiento ya era inestable. En 1995 hablaba en Libération de la dificultad de construir carreras cuando un proyecto podía necesitar cinco o seis años y quienes lo dirigían vivían sobre un siège éjectable, un asiento eyectable. Describía además a un público «terriblement sollicité», asediado por todas partes, y con una enorme capacidad de olvido.

En las discográficas había aprendido también que reconocer el valor de un artista y conseguir que el público reparara en él eran habilidades distintas. Había pensado que buenos artistas acompañados de buenos discos terminarían encontrando compradores; quizá no inmediatamente, pero sí con el tiempo, alimentando un catálogo que seguiría teniendo valor años después.

La realidad tenía bastante menos paciencia. Publicidad televisiva, acuerdos incesantes y la dictadura del Top 50. De aquella experiencia conserva un axioma que él mismo llama terrible: «Lo que funciona no puede ser realmente malo, y lo que no funciona no puede ser realmente bueno».

«Lo que funciona no puede ser realmente malo, y lo que no funciona no puede ser realmente bueno».

Conocía bien el mecanismo. Entre 1985 y 1988 había sustituido a Marc Toesca en el Top 50 de Canal+. Años después podía hablar de aquel sistema desde la experiencia de quien había formado parte de él.

Había otra fragilidad que ninguna clasificación reflejaba. Las compañías estaban hechas de personas, y las decisiones podían marcharse con ellas. Bigot menciona a Marc Morgan, un cantante belga, «très prometteur», cuyo primer disco había salido en Fnac Music en 1993. Según Bigot, cuando él dejó Mercury, la compañía lo abandonó por completo. Utiliza para describirlo una expresión estadounidense: spoils system.

Al preguntarle qué habría reprochado el crítico musical que fue al ejecutivo y programador en el que se convirtió, la respuesta no admite demasiados matices: «d'évidence», no haber arriesgado lo suficiente, haberse plegado demasiado al mercado y al Audimat.

En 2005 había formulado esa transformación de otra manera. Preguntado si programaría rock en horario de máxima audiencia en France 2, respondió que intentaba ser «professionnel, pas militant», profesional, no militante. Si colocaba un programa de rock en prime time, explicaba, podía entrar en el Guinness de las audiencias más bajas y conseguir que durante diez años ningún responsable de cadena quisiera volver a oír hablar de rock. Las cifras también tenían memoria.

El crítico que había dedicado años a reconocer aquello que merecía ser escuchado terminó ocupando lugares donde reconocerlo ya no bastaba. Había que venderlo, programarlo, justificarlo y decidir cuánto tiempo podía concedérsele antes de aceptar que no funcionaba.

Ilustración en blanco y negro con trama de semitonos: una mujer de pelo oscuro y ondulado, apoyada en una mesa junto a una radio antigua, mira hacia arriba con una leve sonrisa.
Radio Muerte

How does it feel?

Cuando le preguntamos por su propio oído, Bigot empieza por una frase en inglés. «La seule chose qui compte pour moi, c'est "How does it feel?"» Lo único que cuenta para mí es «How does it feel?»: ¿qué se siente?

La pregunta es de Dylan, de 1965.

Bigot sabe que tampoco ese oído es neutral. Habla de su «oreille de boomer» y admite que, «sûrement», influye en lo que siente. Durante mucho tiempo esperó que el rock conservara una posición dominante y, sobre todo, que siguiera siendo una fuerza capaz de cambiar el mundo.

Cuando intenta explicar en qué momento comprendió que el rap y la EDM se habían impuesto, aparecen Live Aid y los conciertos por Nelson Mandela. Aquellos acontecimientos, dice, prolongaron la ilusión de que el rock conservaría ese papel.

Lo que estaba perdiendo era también una expectativa política depositada en la música. En 2016, en una entrevista con L'Orient-Le Jour, ya lamentaba que se hubiera perdido «la dimension politique».

Esa subjetividad puede dificultar el reconocimiento de lo nuevo. También permite insistir cuando los datos todavía aconsejan otra cosa.

En octubre de 1999, Bigot dirigía la unidad de variedades, juegos y entretenimiento de France 2. Entre los programas que lanzó estaba Un gars, une fille, una ficción diaria protagonizada por Alexandra Lamy y Jean Dujardin. Era, dice, un formato «complètement novateur et casse-gueule». Dos meses después, recuerda Bigot, prácticamente todo el mundo quería retirar el programa. El problema, según él, eran «les risques qu'il faisait prendre à l'information»: se emitía justo antes del telediario de las ocho.

Hubo una excepción. Michèle Cotta, directora general de France 2, no se sumó a esa presión.

Sitúa el cambio alrededor de la Pascua siguiente. Un gars, une fille terminó permaneciendo en antena hasta octubre de 2003 y se convirtió en uno de los grandes éxitos de aquella etapa de France 2. Hicieron falta al menos dos personas: alguien dispuesto a defender el programa y alguien, por encima de él, dispuesto a concederle tiempo.

Hablando de las cifras, Bigot había escrito: «Après, tout est question de convictions, et de confiance». Después, todo es cuestión de convicciones y de confianza. La confianza era una infraestructura. Permitía esperar.

«Después, todo es cuestión de convicciones y de confianza».

También existe un sesgo inevitable en las historias que sobreviven: recordamos Un gars, une fille porque funcionó. Los programas que alguien defendió contra las cifras y terminaron fracasando rara vez se convierten en ejemplos de intuición. Los números describían bien lo que ocurría en ese momento. No podían decir cuánto tiempo concederle a la posibilidad de que ocurriera otra cosa.

Ese es el espacio que Bigot reservará, más adelante, para el programador.

Ilustración en blanco y negro con trama de semitonos: varios operadores con auriculares, sentados ante una consola de control, frente a una pared de monitores de televisión con un reloj entre las pantallas.
Radio Muerte

La máquina sin afectos

Le planteamos una hipótesis: si mañana existiera un sistema capaz de recomendar música y acertara casi siempre, ¿qué seguiría haciendo un programador humano? Bigot reformula inmediatamente la pregunta: «Plantea usted la cuestión esencial: ¿la IA es superior al ser humano?».

En ese supuesto, dice, la superioridad de la máquina está en su «manque d'affect, su falta de afecto»: no va a favorecer a un amigo ni a una jefa de prensa y, con toda probabilidad, tampoco va a prestarse a una corrupción. Es una admisión considerable viniendo de alguien que ha pasado buena parte de su vida dentro de las instituciones que seleccionaban, promocionaban y programaban cultura.

La máquina, dice, no tiene emociones y, «pense-t-on», tampoco intereses. O eso se piensa.

Sobre la legitimidad, Bigot no duda: «La seule légitimité appartient au public». Las empresas y los medios solo la tienen sobre sus propias antenas: «elles sont chez elles, elles font ce qu'elles veulent». El Estado «doit — devrait —» garantizar la igualdad de oportunidades y la diversidad.

Frente a una máquina que acertara casi siempre, Bigot reserva para el programador aquello que la predicción difícilmente puede garantizar: intuición, visión y la posibilidad de introducir algo nuevo, diferente o disruptivo.

El afecto puede llevar a favorecer a un amigo o a escuchar demasiado a una jefa de prensa; también puede sostener una convicción cuando todavía no existen datos capaces de respaldarla. El afecto contamina el criterio humano y hace posible el criterio humano.

En 1995, Bigot comparaba la inversión en canción francesa con una partida de póker. Quien no invirtiera en ella, decía, era como un jugador que no apostara. Tres décadas después podemos construir sistemas capaces de calcular probabilidades con una precisión que aquel jugador no tenía. Queda por saber si apostar consiste solo en hacer mejor ese cálculo.

En 2024, todavía al frente de TV5MONDE, Bigot veía en la inteligencia artificial una herramienta para problemas concretos, como el subtitulado y el doblaje. No es un hombre que necesite imaginarla desde fuera.

Pero cuando le preguntamos qué parte de seleccionar, contextualizar o apostar por una obra estaría dispuesto a delegarle, responde:

«Je ne lui confierais rien du tout! Ou alors ma place. Sinon, c'est que je ne suis pas la bonne personne.»

No le confiaría absolutamente nada. O, si acaso, mi puesto. De lo contrario, es que no soy la persona adecuada.

«No le confiaría absolutamente nada. O, si acaso, mi puesto.»

Tres canciones

Antes de terminar le pedimos algo distinto: tres discos que no hubieran aparecido durante la conversación y que dijeran algo de él. No sus favoritos ni los mejores, sino tres títulos que lo retrataran hoy. Y un porqué.

Él prefirió contestar con tres canciones: «Not Dark Yet» de Bob Dylan, «Second Song» de Neil Young y «Days» de The Kinks.

«Not Dark Yet» apareció en 1997, en Time Out of Mind. Dylan tenía 55 años cuando la grabó en Miami, con Daniel Lanois en la producción, un órgano y dos baterías. Dura seis minutos y medio y no se dirige a nadie: habla un hombre ante un final que se aproxima pero todavía no ha llegado.

«Second Song», de Neil Young & the Chrome Hearts, se publicó apenas unas semanas antes de que Bigot respondiera al cuestionario. Young tiene ochenta años. Es el tema que da título a un disco casi enteramente acústico, dura más de once minutos y gira alrededor de la memoria, la pérdida y la necesidad de encontrar a alguien de su edad con quien compartir los recuerdos.

Y después, «Days». Ray Davies tenía veinticuatro años cuando se publicó en 1968. Una despedida convertida en agradecimiento hacia alguien por el tiempo compartido. Davies la relacionaría muchos años después con la marcha de su hermana Rosie a Australia y recordaría que llegó a pensar que podía ser el último single de los Kinks: «Los músicos pop no están hechos para durar eternamente».

Una voz de 55 años, otra de 80, otra de 24.

Le habíamos preguntado por qué. Contestó con tres títulos.