William Basinski, en blanco y negro, de pie junto a una grabadora de cinta abierta sobre una mesa, ante persianas verticales y una lámpara colgante.

William Basinski«Yo no borro»

Foto: Sean Stout
Autor: Ángel Rodríguez Luengo · 23/10/2026 · 7 min de lectura

La única vez que vi a William Basinski fue el 8 de abril de 2016, en el patio de La Casa Encendida. Electrónica en Abril lo había programado antes de Not Waving, el proyecto de Alessio Natalizia, que acababa de publicar Animals.

Basinski presentaba en España A Shadow in Time. David Bowie había muerto tres meses antes. Para entonces llevaba catorce años siendo, para casi todo el mundo, el hombre de The Disintegration Loops: las cintas que comenzaron a desintegrarse mientras intentaba digitalizarlas, el verano de 2001, Nueva York.

De aquel concierto recuerdo menos los sonidos que una sensación física bastante concreta. En algún momento dejé de mirar el reloj del móvil y, cuando volví a hacerlo, la luz del patio ya no era la misma. Basinski apenas se movía mientras los loops regresaban una y otra vez sin terminar de llegar exactamente al mismo sitio. Después apareció Not Waving y el patio cambió de velocidad.

Al salir a la Ronda de Valencia, mi amigo seguía acelerado por Animals. Hablaba de la pegada de Natalizia y marcaba con la mano un bombo que ya no estaba sonando. Yo apenas participaba en la conversación. Seguía intentando entender cómo una música aparentemente inmóvil se había movido tanto.

Diez años después, casi todo lo que publica sigue empezando en su archivo, en cintas que llevaban décadas guardadas. Passing the Cup of Sorrows, su nuevo disco, empezó en otro sitio. Estaba en internet.

«El feed parece no desgastarse nunca, pero desde luego a veces acaba desgastando a uno», nos comenta. «Todo ese sinsentido insoportable, la desinformación y el horror… Es demasiado. Pero a veces el algoritmo puede darte algo revelador.»

A él le mostró a un hombre que estudia la terapia de regresión a vidas pasadas. Hablaba de personas que, bajo hipnosis, recordaban el intervalo entre una vida y otra: una reunión con guías espirituales y algo llamado passing the cup of sorrows, pasar la copa de los pesares.

Eso le inspiró la nueva pieza. Normalmente, explica, los títulos llegan cuando la música ya está terminada y ha tenido tiempo de pensar en ella. Esta vez fue al revés: siguió algo que había resonado en él antes de empezar. El resultado es una pieza que describe como «muy rota, frágil y algo llorosa».

Le preguntamos dónde ocurre la transformación en una música que regresa casi sin cambiar: en el sonido o en quien escucha. «Simplemente es… Si puedes conectar con ello, puedes escucharlo y resonar con ello. Es algo muy humano.»

En otro momento damos por hecho que, cuando graba sobre viejas cintas encontradas, borra lo que ya había en ellas. Nos corrige. «Yo no borro. ¡Mis cabezales de borrado están cubiertos con cinta adhesiva! Nunca sabes qué puedes encontrarte.»

A finales de los setenta, en la Universidad de North Texas, ya tapaba con celo el cabezal de borrado de un Walkman para grabar una capa sobre otra.

Desde que The Disintegration Loops lo hizo conocido, hay gente que le manda bobinas viejas: listas de canciones grabadas en casa, casi nunca etiquetadas. Basinski corta un trozo, graba lo suyo en una cara y después le da la vuelta para ver qué ha quedado en la otra. En una de esas apareció una soprano cantando ópera.

William Basinski, de pie y de frente, con las manos sobre una grabadora de cinta abierta, en una sala con persianas verticales.
Foto: Sean Stout

En 2012 bromeó con que tendría que tirar muchas cosas antes de morirse. Catorce años después, le preguntamos si lo ha hecho. «Por desgracia, no… Nunca tiramos nada. Cada armario y cada trastero está lleno de trastos viejos geniales que algún archivista tendrá que revisar algún día, si consigo dejar mis asuntos y mi herencia en orden antes de que todo acabe en la basura.»

El pasado diciembre, la revista Sound on Sound le preguntó si había limpiado alguna vez el compartimento del Revox donde se acumuló el óxido de aquellas cintas en el verano de 2001. Sigue ahí dentro.

Con los accidentes trabaja desde siempre. A Shadow in Time, la pieza que presentó aquella tarde en Madrid, salió de unas cintas que había mordisqueado un enorme gato asilvestrado que tenían en Brooklyn. Basinski las había guardado así, rotas. Eran loops de la misma época que The Disintegration Loops. Cortó las partes dañadas y escuchó lo que quedaba. Con el primero, un fragmento de cuerdas, lo tuvo claro: «Sí, esto soy yo. Así es como suena Basinski».

Otro era un saxofón de los ochenta, áspero, que al repetirse sonaba «tan roto y tan bonito» que le recordó a la cara B de "Heroes". Bowie acababa de morir. A veces se tarda años, dijo aquella tarde. Otras, las cosas pasan así, por arte de magia.

La historia del gato también ha envejecido. En otras entrevistas cambian el dueño del gato y algunos detalles. Una cinta se deteriora cada vez que pasa por un cabezal. Los recuerdos disponen de métodos menos visibles.

Cuando le planteamos dónde está la frontera entre dejar que el tiempo trabaje y echarle una mano, no traza ninguna. «Yo simplemente hago lo que hago… Nunca sabes qué puede pasar si dejas entrar el azar en el proceso. Es emocionante y puede ser transformador.»

A principios de los ochenta, algunas de sus piezas salieron del hilo musical que emitía una radio desde lo alto del Empire State: cuerdas pensadas para que nadie las escuchara. Basinski las grababa, las ralentizaba y encontraba melancolía debajo.

Décadas después, su propia música ocupa un lugar parecido en la vida de otros. Hay quien le cuenta que la usa para dormir, para trabajar o para concentrarse. Incluso durante un parto. «Es una gran bendición. A la gente le llevó años encontrar mi trabajo, así que recibir ahora este tipo de comentarios y de reconocimiento por parte de quienes lo escuchan… ¿Quién podría pedir más?»

También Nueva York sigue apareciendo en esas grabaciones. Llegó en abril de 1980, en plena huelga de transporte, y encontró un loft enorme en el centro de Brooklyn con vistas a las Torres Gemelas. Años después, el ayuntamiento condenó el barrio entero. En 1989 se instaló con James Elaine en una antigua fundición de Williamsburg y la llamó Arcadia: casa, estudio y sala de conciertos. La dejó en 2008, cuando la renovación del alquiler subió a diez mil dólares al mes. Para entonces, el CBGB donde había tocado era una tienda de ropa.

Pero la ciudad quedó dentro de las cintas como ruido físico: señales de radio que se colaban en los cables, interferencias, habitaciones y máquinas que ya no existen.

¿Qué escucha ahora cuando vuelve a ellas? «¡Sigue aquí! Resonando a través del tiempo y el espacio.»

Algunas de esas grabaciones esperaron décadas antes de publicarse. Para Nocturnes, que salió en 2013, Basinski utilizó herramientas digitales para corregir detalles de una cinta de 1979 que llevaban años molestándole.

¿Quién tiene la última palabra cuando vuelve hoy a una cinta de hace cuarenta años: el que la grabó o el que la encuentra? «El mismo hombre… yo. Ahora tenemos herramientas más nuevas. Todo está permitido en el proceso. Mi proceso es largo, como sabes. ¿Cuarenta años? ¿Casi cincuenta? Dios mío… ¿qué edad tengo?»

Passing the Cup of Sorrows abre otra clase de pregunta. La práctica que encontró en aquel vídeo trata de comprender y perdonar a alguien que nos hizo daño en otra vida. Le preguntamos si la música puede hacer parte de ese trabajo. «Sí, sé que puede. Ya la he tocado en directo dos veces, en Japón y en Poznań (Polonia), y volveré a interpretarla el año que viene. La respuesta ha sido sublime.»

No explica mucho más.

Retrato de William Basinski con la mano sobre el pecho, sobre un fondo gris difuso.
Foto: Yuji Watanabe

Aquella tarde de abril de 2016, después de hablar de Bowie y de la elegía, Basinski cambió de registro. Tenía un proyecto sorpresa con Preston Wendel, su joven ingeniero en Los Ángeles, que hacía beats y lo había convencido para volver a tocar el saxofón. Se llamaba Sparkle Division. Lounge, jazz, verano. «Es como: quereos, bailad, tened sexo, lo que sea», resumió. «No trata de la muerte ni de nada de eso con lo que la mayoría de la gente me asocia. Es la otra cara.»

Recordó que había tocado en bandas de jazz, de jazz de vanguardia, de punk: en todo. Contó que su distribución hacía que sacar un disco llevara una eternidad, pero que esperaban tenerlo listo a finales de año. Se llamaría To Feel Embraced.

To Feel Embraced salió en 2020.

Ahora le preguntamos cuánto espacio deja la imagen pública de William Basinski —las cintas que se deshacen, la melancolía, la desaparición— para todo lo demás. «Tengo muchas caras y sigo siendo simplemente yo. ¡Asumidlo!»

William Basinski sentado a una mesa con un ordenador, una copa y un cigarrillo, en una cocina.
Foto: Sean Stout

La última pregunta de Radio Muerte es siempre la misma. No pedimos los mejores discos, sino tres que hayan importado en su vida.

«Siempre digo lo mismo, pero elegiría Music for 18 Musicians, de Steve Reich; Music for Airports, de Brian Eno; y, por supuesto, The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie, junto con prácticamente todo lo demás que hizo.»

Y termina: «Mi héroe.»