
Una noche en el Teatro La Latina: un teatro lleno de gente que ha envejecido junto a las mismas canciones y un músico de 72 años que se sienta al piano y empieza.
Hay algo ligeramente inquietante en entrar en un teatro lleno de personas que han envejecido junto a las mismas canciones. No hace falta que nadie lo diga. Está en las conversaciones antes de que se apaguen las luces, en esa manera tan particular de esperar un concierto cuando uno ya no necesita demostrarle nada a nadie. El Teatro La Latina estaba lleno el martes por la noche. Lleno de verdad. Y la edad media del público dejaba pocas dudas sobre la procedencia de buena parte de la expectación: muchos de los presentes habían conocido a Joe Jackson cuando todavía había que levantarse del sofá para cambiar de disco.
Entonces apareció él. Solo. Traje azul, camisa sin corbata, la figura espigada de siempre llevada ahora por un hombre de 72 años. Durante unos segundos no hizo nada. Tampoco hacía falta. La ovación con la que fue recibido tuvo algo especialmente emocionante, quizá porque existe una diferencia entre aplaudir una canción que uno reconoce y aplaudir a una persona que vuelve. Jackson saludó, se sentó al piano y comenzó “Is She Really Going Out With Him?”.
Era una buena manera de explicar lo que iba a suceder durante las siguientes dos horas.
La canción tiene casi cincuenta años, pero Jackson no parecía particularmente interesado en embalsamarla. Despojada del sonido con el que quedó fijada en 1979, reducida a un hombre, un piano y una melodía que prácticamente todo el teatro podía completar de memoria, funcionaba de otra manera. No era exactamente nostalgia, aunque naturalmente la había. Era más extraño que eso: comprobar qué queda de una canción cuando ha desaparecido casi todo aquello que la rodeaba cuando la escuchamos por primera vez.
Y quedaba muchísimo.
Durante las primeras canciones hubo problemas técnicos en el escenario. Jackson no estaba escuchándose correctamente. Desde el patio de butacas apenas resultaba perceptible y, de no haber trascendido después, probablemente muchos no habríamos reparado en ello. Es una de esas incidencias que sirven para medir a un músico mejor que cualquier solo: cuando algo funciona mal y el público no se entera. Jackson siguió tocando y cantando sin que la avería pareciera alterar la precisión del concierto.
Después llegó Graham Maby. La aparición del bajista para “It’s Different for Girls” tenía algo más que valor instrumental. Maby toca con Jackson desde finales de los setenta. Estaba allí cuando todo aquello empezó y, casi cinco décadas después, volvía a ocupar el centro del escenario. Literalmente: durante buena parte de la noche fue uno de los motores visibles del concierto.
Hay músicos de acompañamiento y hay personas que terminan formando parte de la gramática de otro músico. Maby pertenece claramente al segundo grupo. Su bajo no se limita a sostener las canciones de Jackson: las empuja, las contradice, abre espacios dentro de ellas. Y verlo tocar ahora junto al hombre con el que grabó Look Sharp! en 1978 producía una sensación curiosa. No parecía una reunión. Nadie estaba recreando una fotografía antigua. Parecían, sencillamente, dos músicos que todavía tenían trabajo que hacer.
Poco después fueron incorporándose Teddy Kumpel a la guitarra, Doug Yowell a la batería y Felipe Fournier a la percusión. La construcción gradual de la banda era también una declaración de intenciones. De la soledad inicial del piano se pasaba poco a poco a un grupo capaz de alcanzar una enorme potencia sin convertir las canciones en demostraciones musculares.
Porque Joe Jackson continúa siendo, por encima de todo, un músico extraordinariamente preciso. Y conserva una voz desconcertante.
A los 72 años sigue alcanzando unos agudos que obligan a comprobar mentalmente la fecha de nacimiento. No hay aquí esa negociación frecuente entre cantante y repertorio que obliga a bajar tonalidades, esquivar determinadas notas o dejar que el público termine los estribillos más comprometidos. La voz ha envejecido, naturalmente, pero no parece haber perdido aquello que la hacía reconocible. Sigue teniendo tensión, filo y esa manera ligeramente impaciente de atacar algunas frases. En algunos momentos resulta difícil reconciliar lo que uno está viendo con lo que está escuchando.
Hay músicos de acompañamiento y hay personas que terminan formando parte de la gramática de otro músico.
Jackson, además, parecía pasarlo bien. Esto puede parecer una observación menor hasta que uno piensa en la cantidad de conciertos de artistas veteranos donde la profesionalidad acaba adquiriendo una desagradable semejanza con fichar a la entrada del trabajo. Aquí ocurrió lo contrario. Estuvo comunicativo, bromista y visiblemente contento de volver a España. Incluso intentaba promocionar Hope and Fury, su nuevo disco, con esa mezcla de convicción e ironía de quien sabe perfectamente que buena parte de la sala ha venido para escuchar canciones que compuso hace cuarenta años.
El eterno problema del músico con catálogo: convencer a cientos de personas de que la canción que terminó hace unos meses merece compartir habitación con otra que lleva acompañándolas desde 1979.
Las nuevas, en general, resistieron bien la prueba. “Welcome to Burning-By-Sea”, “I’m Not Sorry”, “After All This Time” y “End of the Pier” aparecieron sin complejos entre canciones que cuentan con una ventaja competitiva imposible de superar: décadas instaladas en la memoria del público. Algunas funcionaron mejor que otras, pero ninguna produjo esa bajada de temperatura tan reconocible de los conciertos veteranos, ese momento en que el artista pronuncia las temidas palabras «esta es de nuestro nuevo disco» y doscientas personas aprovechan para mirar el teléfono.
Jackson incluso presentó “End of the Pier” como su favorita. El contraste era interesante porque Hope and Fury no parecía una coartada para justificar una nueva gira. Las canciones estaban integradas en el repertorio y defendidas por una banda que no establecía una frontera demasiado visible entre 1979 y 2026.

Naturalmente, luego llegaban los clásicos. Y ahí las cosas cambiaban. “Sunday Papers”, “Look Sharp!” o “It’s Different for Girls” activaban inmediatamente otra corriente en el teatro. No necesariamente porque fueran mejores interpretaciones, sino porque el público llevaba décadas haciendo su propio trabajo sobre ellas. Una canción escuchada durante cuarenta años ya no pertenece enteramente a quien la escribió. Ha estado en coches, habitaciones, rupturas, mudanzas, bodas, noches absurdas y épocas que uno probablemente recuerda mejor gracias a la música que a cualquier fotografía.
Jackson parecía comprender perfectamente esa relación sin explotarla. Uno de los momentos más intensos llegó con “Real Men”.
La canción, publicada en 1982, conserva una cualidad extraña. Jackson escribió sobre masculinidad, miedo, deseo, violencia e identidad cuando muchas de aquellas conversaciones apenas ocupaban espacio en el pop. Más de cuatro décadas después sigue resultando incómoda y vulnerable. La interpretación terminó provocando una de las grandes ovaciones de la noche.
No fue un aplauso rutinario. Durante unos segundos se produjo esa suspensión que ocurre muy pocas veces en un concierto, cuando músico y público parecen comprender simultáneamente que acaba de pasar algo. Jackson recibió la ovación visiblemente emocionado.
Hubo también momentos de humor involuntario. Al presentar “Be My Number Two”, anunció un viaje de regreso a los noventa. La canción pertenece a Body and Soul, publicado en 1984. A estas alturas quizá pueda permitírsele cierta confusión: cuando uno lleva casi medio siglo escribiendo canciones, las décadas deben empezar a parecer cajones de una cómoda que alguien ha ordenado mal.
Una canción escuchada durante cuarenta años ya no pertenece enteramente a quien la escribió.
Pero precisamente ahí estaba una de las claves de la noche. El concierto nunca tuvo la solemnidad de una retrospectiva. No había pantallas proyectando fotografías juveniles, ni grandes explicaciones sobre aniversarios, ni necesidad de convertir cada canción en una pieza de museo. Tampoco parecía que Jackson tuviera demasiado interés en interpretar el papel de superviviente. Tocaba. Presentaba una canción. Hacía alguna broma. Se giraba hacia la banda. Seguía.
Y la banda respondía. Kumpel, Yowell, Fournier y, especialmente, Maby fueron ganando espacio conforme avanzaba la noche hasta que el concierto terminó convertido en algo muy diferente de aquel comienzo solitario al piano. Había músculo, pero también elasticidad. Las canciones podían respirar. Algunas parecían construirse delante del público en lugar de limitarse a reproducir sus versiones conocidas.
Entonces llegó “Steppin’ Out”.
Hay canciones que un artista ya no puede tocar de manera inocente. En cuanto aparecen las primeras notas, dejan de pertenecer al repertorio y se convierten en acontecimiento. “Steppin’ Out” es una de ellas. La reacción fue inmediata.
Quizá fuera el momento en que quedó más claro todo lo que el público había llevado consigo hasta La Latina. La emoción se extendió por el teatro antes incluso de que terminara de reconocerse la canción. Maby volvió a ocupar ese lugar central que había mantenido durante toda la noche y Jackson cantó una pieza publicada en 1982 sin tratarla como una reliquia. Más de uno tuvo dificultades para disimular la emoción.
Cuando terminó, la ovación fue cerrada.
Podría haber acabado allí y habría sido un gran concierto. Pero todavía quedaban los bises. Y Jackson regresó con una elección que decía bastante sobre él: David Bowie. “Scary Monsters (and Super Creeps)” no apareció como una versión reverencial. Fue uno de los momentos más potentes de la noche. Jackson siempre ha pertenecido a esa extraña categoría de músicos difíciles de encerrar en la década que supuestamente les corresponde. Surgió al calor de la new wave, pero muy pronto empezó a escapar de ella hacia el jazz, el pop sofisticado, los ritmos latinos, el jump blues o la composición clásica. Bowie representó quizá como nadie esa misma sospecha de que permanecer demasiado tiempo en un sitio era una forma de empezar a desaparecer.
El homenaje tuvo por eso algo de reconocimiento entre supervivientes, aunque uno de ellos ya no estuviera allí.
Después llegó “You Can’t Get What You Want (Till You Know What You Want)”, devolviendo al teatro al movimiento y al pulso rítmico, antes de que Jackson decidiera cerrar el círculo. La banda se marchó. Él volvió a quedarse solo. “Home Town”.
Después de toda la potencia acumulada durante la segunda mitad del concierto, terminar nuevamente con Joe Jackson frente al piano fue una decisión perfecta. El espectáculo había comenzado así y regresaba al mismo punto, pero nosotros ya no estábamos exactamente en el mismo lugar.
Antes de despedirse agradeció al público que siguiera apoyando la música en directo. Puede sonar a frase protocolaria. Aquella noche no lo pareció. Hay algo que estamos perdiendo cada vez que desaparece una sala, cada vez que una gira deja de ser viable, cada vez que escuchar música se convierte un poco más en una actividad realizada individualmente frente a una pantalla. Un concierto sigue siendo una de las pocas situaciones culturales en las que cientos de desconocidos aceptan estar durante dos horas en el mismo lugar, prestando atención a lo mismo y sin posibilidad de adelantar, pausar o cambiar de canción.
Joe Jackson lleva haciendo esto desde una época en la que ninguna de esas posibilidades existía. Quizá por eso su agradecimiento tenía cierto peso.
Un concierto sigue siendo una de las pocas situaciones culturales en las que cientos de desconocidos aceptan estar durante dos horas en el mismo lugar, prestando atención a lo mismo y sin posibilidad de adelantar, pausar o cambiar de canción.
Cuando se encendieron las luces del Teatro La Latina y el público empezó a salir hacia la Plaza de la Cebada, no tuve la sensación de haber asistido a una ceremonia nostálgica. Naturalmente había nostalgia. Habría sido absurdo negarla en una sala llena de personas escuchando canciones que en algunos casos llevaban con ellas casi cincuenta años. Pero no era lo fundamental.
Lo fundamental había sucedido sobre el escenario. Un hombre de 72 años acababa de cantar durante dos horas con una voz extraordinaria, tocar el piano con una precisión formidable, presentar canciones nuevas, equivocarse de década, bromear con el público, homenajear a Bowie y compartir escenario con un bajista con el que lleva recorriendo buena parte de su vida.
Sin hacer demasiado ruido alrededor de todo ello.
Salimos a la calle con esa sensación poco frecuente de que el concierto había merecido algo más que el precio de una entrada. Había sido una gran noche, sí, pero también una de esas actuaciones que uno recomendaría ver al menos una vez en la vida, incluso a quien no tenga una relación sentimental con los discos de Joe Jackson.
Porque hay artistas a los que uno va a ver para comprobar cómo fueron. Y todavía quedan algunos a los que merece la pena ir para comprobar cómo son.
Joe Jackson sigue siendo uno de ellos.


